J. Montoya dice:
«En ninguna otra situación como en el duelo, el dolor producido es TOTAL; es un dolor biológica (duele el cuerpo), psicológico (duele la personalidad), social (duele la sociedad y su forma de ser), familiar (duele el dolor de los otros), y espiritual (duele el alma)».
«En la pérdida de un ser querido duele el pasado, el presente y especialmente el futuro. Toda la vida en su conjunto duele».
A un nivel “macro” nuestra sociedad se podría definir como tanatofóbica: la muerte es un tabú, apenas hablamos de ella desde la infancia. Ocultamos la enfermedad, las separaciones y la muerte, impidiendo que nuestros hijos participen en las despedidas, por ello les impedimos desde muy pequeños poder gestionar el proceso del duelo de una forma ecológica.
A nivel “micro”, el hecho de que el resto de familiares y amigos del fallecido vivencien las fases o tareas del duelo a ritmos y velocidades diferentes es una fuente de conflicto y tensión que está detrás de la estadística que indica que el 68% de las parejas que pierden un hijo acaba separándose. Aquellos vínculos que a priori deberían ser un bastón se pueden convertir en obstáculos en el proceso de duelo.
El trabajo terapéutico permite normalizar las diferencias en la elaboración idiosincrática del duelo, permitiendo construirlo de manera individual y personal. Esta estigmatización de la pérdida transmite el mensaje de que las emociones aparejadas al duelo (negación, rabia, ira, enfado, culpa, tristeza) no están permitidas.
Parte de nuestro trabajo terapéutico consiste en legitimar estas emociones.
El duelo tiene como dos vertientes, por una lado, es una reacción emocional ante una pérdida que cumple un papel adaptativo pudiendo contribuir al crecimiento personal, pero también es una de las experiencias más estresantes que ha de afrontar el ser humano, pudiendo provocar importantes problemas de salud como depresión, ansiedad, etc.
«El duelo es el precio que se paga por amar…
….Y el amor es nuestra única verdad»
Erich Fromm y Félix López